La cruz de fuego

Cierto día fui de paseo a uno de esos lugares que les nombran "pueblos mágicos", donde las calles son limpias y están pavimentadas con piedras de río; las casas son de uno o dos pisos, con arquitectura similar entre ellas a modo que los contrastes sean discretos, resaltaban los típicos tejados rojizos, las piedras de cantera en las fachadas, los patios albergaban plantas de grandes hojas verdes y las flores adornaban los exteriores. Era común también observar cocheras enormes y un pequeño jardín.

Aún así, los pobladores poseían gran humildad y valores, los centros de diversión constaban de parques, kioskos, una cancha de futbol y una gran fuente que hacía de glorieta, ahí me detuve un momento. El clima era caluroso, no había ninguna nube en el cielo, sumergí una de mis manos en el agua limpia que caía desde lo alto de la fuente y llevé un poco del preciado líquido a mi rostro para refrescarme. Repetí la operación una vez más y exhalé un largo suspiro de satisfacción.

De momento, muy cerca de mí, pasaron unos niños en patineta que presurosos bajaban la pendiente de una de las calles. Corrí tras ellos gritándoles que tuvieran cuidado, de los autos, de las grietas, de otras personas. Me miraron con extrañeza y siguieron su camino, claro, ellos conocían mejor el lugar que yo, mis paranoias no tenían cabida.

Seguí caminando sobre esa misma calle, con ambas manos en los bolsillos de mis pantalones observando a los pobladores, disfrutando de la paz que me provocaba estar en ese lugar. De repente se escuchaban los ruidos de objetos arrastrándose sobre el piso o risas de niños, pero ninguno de esos ruidos molestos de ciudad. El ocaso se acercaba y yo seguía bajando la pendiente, de pronto las personas empezaron a gritar y alarmarse.

¿Qué sucedía? Volteé hacia el cielo que comenzó a tornarse rojo. No, el rojo del ocaso no podía compararse con el rojo infernal que se proyectaba sobre nuestras cabezas. El cielo ardía.

Mientras todos corrían a sus casas, yo me quedé absorta viendo el espectáculo. Las llamas pronto comenzaron a juntarse hasta formar una enorme cruz de fuego. ¿Qué era eso? 

- "¡El apocalipsis!" - gritaban unos. 

No estaba convencida, sin embargo, el miedo me paralizó. Muchos otros estaban arrodillados e implorando el perdón de sus pecados. Yo no era creyente de su religión, ni de su Dios, ni de sus demonios. Pero en ese momento creí en una cosa: "la muerte".

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